Varemont, la casa que colecciona almas | Capítulo 8

Varemont, la casa que colecciona almas | Capítulo 8

La mañana empezó tranquila, pero en Varemont la tranquilidad nunca duraba demasiado.

La luz entraba por las ventanas con ese tono frío que tiene el sol cuando no termina de calentar. El aire olía a madera vieja y a algo más que ninguno de los dos había logrado identificar desde el primer día. No era un olor desagradable. Era simplemente un olor que no debería estar ahí.

Sofian estaba sentado a la mesa de la cocina con su taza de café, moviéndola de un lado a otro sin tomar nada, con esa expresión de quien está escuchando algo que los demás no escuchan.

—Oliver. ¿Sientes eso? —preguntó—. Como si alguien estuviera caminando arriba.

Oliver levantó la mirada desde el otro lado de la mesa. Dejó el celular boca abajo.

—¿Caminando por dónde?

—Arriba. En el segundo piso. No son los crujidos de siempre. Tiene ritmo. Es diferente.

Oliver escuchó un momento.

—Son las tablas. La madera vieja se pone así cuando cambia la temperatura.

—No. Escucha.

Un golpe seco resonó desde arriba. Puntual, seco, como algo que cae o algo que golpea con fuerza. El eco recorrió el vestíbulo y se metió por el pasillo.

Los dos se quedaron quietos.

—Vamos a ver —dijo Oliver, levantándose—. Para quedarnos tranquilos.

Subieron por la escalera de roble. Cada peldaño crujía como siempre, pero esa mañana el sonido parecía más pronunciado, como si la casa estuviera prestando atención al más mínimo detalle que Oliver y Sofian realizaban.

El pasillo del segundo piso estaba en penumbra aunque afuera había luz. Las ventanas dejaban entrar poco. En las paredes había cuadros que ninguno de los dos había puesto ahí, retratos de personas que no conocían, con expresiones serias y ojos que seguían el movimiento de quien pasaba frente a ellos.

Oliver se detuvo frente a uno. Un hombre de mediana edad, traje oscuro, mirada profunda.

—Siento que nos están mirando —dijo en voz baja—. Y no me refiero a los cuadros.

Sofian le puso una mano en el brazo.

—Estamos juntos.

Siguieron por el pasillo. Todo cerrado, todo en silencio. Y entonces, desde algún punto que no supieron ubicar, llegó un susurro. Tan leve que pudo haber sido el viento colándose por alguna rendija. Pero tenía la forma de palabra…

Sofian.

Sofian retrocedió un paso.

—¿Lo oíste?

—Sí —respondió Oliver, con la respiración un poco más corta que antes.

No dijo nada más. No tenía ninguna explicación para dar.

Bajaron sin hablar.

* * *

Esa tarde, mientras acomodaban cajas en el despacho, Sofian encontró el libro sobre la mesa. No recordaba haberlo puesto ahí. Lo tomó con delicadeza, pasó sus manos por la portada y lo abrió.

Las páginas que antes estaban en blanco ahora tenían marcas. Símbolos que no reconoció, fechas escritas con letra pequeña y muy ajustada, palabras sueltas que parecían fragmentos de algo más largo.

En una página, subrayada, había una frase.

«Se acerca el 23.»

Sofian sintió algo en el estómago que le dio náuseas. No era por enfermedad o algo que había comido, tampoco era exactamente miedo. Más parecido a cuando uno ve algo y siente que ya lo vio antes en algún lado pero no recuerda dónde ni por qué le llama la atención.

—Oliver. Mira esto.

Oliver se inclinó sobre la página.

—¿El 23?

—No sé qué significa —dijo Sofian—. Pero algo en ese número me incomoda y no sé explicarte por qué. Es como si lo conociera de antes.

Oliver lo miró un momento. Luego miró el libro.

—Puede ser cualquier cosa. Una fecha, un número de cuarto, alguna referencia a algo que pasó en esta casa. Tal vez tiene qué ver con algo de los libros que lees.

—O algo que todavía no pasó —dijo Sofian.

Oliver no respondió a eso.

* * *

El resto del día la casa se comportó de la manera que ya estaban empezando a reconocer. Cosas que dejaban en un lugar aparecían en otro. Un cuadro que estaban seguros de haber visto recto en la mañana estaba torcido en la tarde. Las luces parpadeaban unos segundos y volvían a la normalidad. Un frío puntual aparecía en ciertos rincones sin razón aparente y desaparecía igual de rápido.

Eran cosas pequeñas. Por separado cada una tenía explicación. Juntas, acumuladas día tras día, empezaban a tener un patrón que ninguno de los dos podía ignorar ya.

—Esto no es casualidad —dijo Sofian mientras intentaban ordenar el estudio—. La casa nos está haciendo algo. No sé si probarnos o avisarnos, pero está haciendo algo.

Oliver tardó en responder.

—O somos nosotros que ya estamos tan sensibles que empezamos a ver cosas donde no los hay. Ni que esta casona estuviera embrujada o esas cosas cliché.

—¿Tú mismo te crees eso?

Oliver suspiró.

—No. Pero me gustaría.

Esa noche se sentaron frente a la chimenea apagada. No la habían encendido desde que llegaron. Las sombras que proyectaba la luz de la calle sobre las paredes se alargaban de una manera que no terminaba de ser normal.

Sofian tenía el libro en las rodillas. Pasaba las páginas despacio, mirando los símbolos, tratando de encontrar algo que tuviera sentido.

—¿Crees que hay alguien intentando comunicarse con nosotros? —preguntó.

—No lo sé —dijo Oliver—. Pero si hay algo en esta casa que puede mover objetos y escribir en libros, prefiero saber qué quiere antes de que decida mostrarse de otra manera.

Un golpe en la ventana los hizo saltar a los dos. Miraron hacia afuera al mismo tiempo. No había nada. Solo el reflejo de la habitación en el vidrio y la calle vacía detrás.

Sofian bajó la vista al libro.

Las páginas se habían movido solas mientras no miraba.

Estaban abiertas en la misma frase de antes.

«El 23 se acerca.»

Se apoyó en Oliver sin decir nada. Oliver le puso un brazo encima.

Afuera el viento movió las ramas del árbol del jardín.

Adentro la casa respiraba despacio.

Esperando.

Ya faltaba poco para comer.



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