Esa mañana Miralta amaneció cubierto de niebla. No era una niebla cualquiera, era muy extraña verla en esta temporada Era más densa, más quieta, pegada a las fachadas como si no tuviera apuro en irse.
Desde la ventana de su oficina, Sofian observaba cómo el barrio desaparecía entre la bruma. Las casas de enfrente apenas se veían. Los árboles eran sombras. La calle parecía no terminar en ningún lado.
—Es como si el mundo se estuviera achicando alrededor de la casa —dijo.
Oliver estaba recostado en la silla con el café en la mano, mirando el mismo punto que Sofian pero sin decir nada por un momento.
—O la casa se está agrandando —respondió finalmente.
Sofian bajó la vista al libro que estaba sobre la mesa. Abierto en una página que no recordaba haber buscado. Había una fecha marcada con un círculo, escrita con la misma letra apretada de las veces anteriores.
22.
—Ayer era el 23 —murmuró Sofian—. Ahora es el 22.
—¿Qué? — Dijo en tono bajo Oliver
—¿Qué está contando? —Sofian señaló la página—. No sé por qué, pero está contando.
Oliver se levantó y se acercó. Miró el número. Miró a Sofian.
—Puede ser que alguien haya escrito eso hace mucho tiempo y que sea coincidencia que lo estemos viendo ahora.
—Oliver.
—Lo sé —dijo Oliver—. Lo sé.
Un golpe seco llegó desde arriba. Los dos levantaron la cabeza al mismo tiempo, ya sin sobresaltarse demasiado. Ese sonido ya formaba parte de lo cotidiano de la casa. Lo que cambiaba era la frecuencia, que cada día parecía aumentar un poco.
—¿Por qué nosotros? —preguntó Sofian en voz baja, sin dirigirle la pregunta a nadie en particular.
Oliver no respondió enseguida.
—No lo sé —dijo finalmente—. Pero algo en esta casa nos conoce. O cree conocernos.
* * *
Durante la tarde la casa volvió a moverse. No de manera dramática sino de la forma en que lo hacía siempre, sutil, acumulativa. Una ventana que juraban haber cerrado estaba abierta. Los retratos del pasillo parecían estar en ángulos levemente distintos a los de la mañana. Y desde las paredes llegaba de vez en cuando algo que podría haber sido una risa muy lejana, o podría haber sido el viento encontrando alguna grieta.
—Esto ya no es solo la casa siendo vieja —dijo Sofian mientras caminaban por el pasillo.
—No —admitió Oliver—. Ya no.
Fue Sofian quien encontró el medallón.
Estaban revisando la biblioteca cuando lo vio apoyado sobre el libro, puesto encima de las páginas con una precisión que no podía ser accidental. Era un medallón antiguo, de metal oscuro, más o menos del tamaño de una moneda grande. El aro que lo rodeaba tenía grabados parecidos a los símbolos del libro pero organizados de otra manera, como si fueran las mismas letras en un idioma distinto.
Sofian lo tomó con cuidado. Estaba frío, mucho más frío de lo que debería estar un objeto metálico en una habitación cerrada.
—¿De dónde salió esto?
—No estaba aquí esta mañana —dijo Oliver, observándolo.
Lo giraron. En el reverso había una fecha grabada en el metal. Una sola.
Los dos la leyeron al mismo tiempo.
No dijeron nada por un momento.
—Todo está conectado —dijo Sofian finalmente—. El libro, los números, esto. La casa nos está diciendo algo y no sabemos leerlo.
—O alguien dentro de la casa nos lo está diciendo —dijo Oliver.
Era la primera vez que Oliver lo planteaba así, sin intentar buscarle una vuelta lógica. Oliver lo miró un segundo.
—¿Estás admitiendo que hay algo aquí?
—Estoy admitiendo que no tengo otra explicación —dijo Oliver—. Y eso me preocupa bastante más que si hubiera fantasmas.
* * *
Esa noche el ruido se intensificó. No de golpe sino despacio, como si la casa fuera subiendo el volumen poco a poco para ver hasta dónde llegaban. Pasos en el piso de arriba que ya no intentaban disimularse. Crujidos en las paredes que venían de adentro de la estructura. Un frío que aparecía y desaparecía sin seguir ningún patrón.
Se sentaron juntos en el salón con todas las luces encendidas. Sofian tenía el libro abierto sobre las rodillas. Oliver tenía el medallón en la mano, dándole vueltas entre los dedos sin darse cuenta.
—¿Crees que vamos a estar bien? —preguntó Sofian.
Oliver lo miró.
—Sí —dijo—. Pero creo que antes de estar bien vamos a tener que entender qué está pasando realmente en esta casa.
Sofian asintió.
El libro cayó al suelo solo, abriéndose en una página en blanco.
Mientras los dos lo miraban, una palabra apareció en el papel. Despacio, como si alguien la estuviera escribiendo en ese momento con una mano que ninguno podía ver.
23.
Sofian y Oliver se miraron.
Nadie dijo nada.
La casa crujió una vez desde los cimientos.
Y siguió esperando.

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