La televisión murmuraba noticias de fondo mientras los dos cenaban sin mucho apetito. Ninguno le prestaba atención hasta que un nombre en particular atravesó la sala y los dejó quietos.
«…las autoridades continúan sin dar con el paradero del agente inmobiliario Mario Herosmo, desaparecido hace tres semanas en circunstancias que aún no han podido ser esclarecidas…»
Oliver dejó el tenedor sobre el plato.
Sofian sintió algo frío en el estómago que no tenía nada que ver con lo que estaba comiendo.
En pantalla apareció una fotografía de Herosmo. Traje gris, sonrisa macabra, ojos demasiado abiertos. Era la clase de foto que uno se saca para un documento y que nunca imagina que va a terminar en las noticias con la palabra DESAPARECIDO encima.
La reportera, Camila Ñavincopa, hablaba parada en una esquina del centro de Lima con ese tono que tienen los periodistas cuando la noticia es rara y no saben bien cómo contarla sin sonar alarmistas.
—El señor Herosmo fue visto por última vez hace tres semanas en la intersección de la avenida Tacna con Quilca. Varios testigos coinciden en que el hombre caminaba solo, con la mirada perdida, deteniéndose en mitad de la vereda sin razón alguna. Quienes lo vieron ese día dicen que parecía no estar del todo presente. Las cámaras de seguridad del sector lo registran por última vez doblando una esquina. Después de ese punto no hay más imágenes. Ningún rastro. Ninguna señal.
Sofian se quedó quieto en el sofá. No dijo nada.
Oliver habló sin apartar los ojos de la pantalla.
—Eso fue después de que firmáramos.
La transmisión continuó.
—Hoy su esposa ofreció declaraciones desde su domicilio para nuestras cámaras…
La imagen cambió con una transición.
Una mujer de unos cuarenta años. Pálida, con unas ojeras que dejaban claro que llevaba semanas durmiendo mal y llorando desconsoladamente. Tenía el cabello recogido con descuido y llevaba puesto una chompa ancha que probablemente era de él. Sus manos sostenían un pañuelo arrugado que ya no servía de nada pero que no soltaba.
—Semanas antes de desaparecer Mario ya no era el mismo —dijo, con la voz apenas firme—. No dormía. Se quedaba sentado en la oscuridad mirando las paredes, como si esperara que le dijeran algo. A veces lo encontraba llorando y cuando le preguntaba qué tenía me miraba como si yo fuera una extraña. Como si no me reconociera. A mí, a su propia esposa.
Hizo una pausa. Se llevó el pañuelo a los labios.
—Me decía que había cometido un error. Que algo había vuelto a pasar. Yo no entendía de qué hablaba. El día que salió por última vez me besó en la frente. Eso no lo hacía desde que éramos novios. Y me dijo que tenía que ir a cerrar algo. Que siempre regresaban y que esta vez tenía que ser diferente.
Su voz se quebró.
—Todavía no entiendo qué quiso decir con eso.
La cámara se quedó en su cara un segundo más de lo necesario. Ella miró directo al lente sin disimular nada.
—Mario, si estás escuchando esto, vuelve con tu familia. Tus hijos preguntan por ti cada noche. Yo te pienso siempre. No nos importa nada más. Solo vuelve a casa.
Oliver apretó los dedos contra el sofá sin darse cuenta.
Sofian no decía nada.
Siempre regresaban.
La frase cayó en la habitación como una piedra arrojada por pandilleros.
El libro.
Oliver se levantó despacio.
—No puede ser.
—Oliver. Si desapareció hace tres semanas. —Sofian no terminó la frase porque los dos sabían adónde llevaba.
—Entonces no pudo habernos entregado la casa —dijo Oliver.
Silencio.
—Nosotros lo vimos —dijo Sofian, más para convencerse a sí mismo que para afirmar algo—. Nos mostró la casa, las habitaciones. Nos dio los documentos. Nos entregó la llave.
Oliver negó despacio con la cabeza.
—Firmamos en la notaría. Él solo trajo los papeles hasta acá y desapareció apenas se fue el taxi.
Se quedó parado en el medio de la sala con los brazos cruzados y la mirada en el suelo, como cuando está tratando de armar algo que no le cierra.
—No estreché su mano —murmuró de pronto.
Sofian lo miró.
—Sí la estrechaste.
—No. —Oliver frunció el ceño—. Creo que no.
Sofian sintió un escalofrío y no era por la temperature en el ambiente.
—Yo recuerdo que sonrió como desquisiado —dijo despacio—. Pero no recuerdo que hablara mucho.
En la televisión la reportera retomó.
—Las autoridades solicitan que cualquier persona que haya tenido contacto reciente con el señor Herosmo se comunique a los números que aparecen en pantalla.
La imagen cambió.
DESAPARECIDO
MARIO HEROSMO
Visto por última vez hace tres semanas
Si tiene información comuníquese a:
(555) 0147 – 3321
(555) 0179 – 8842
Para Oliver y Sofian, la fotografía en pantalla se veía distinta ahora. Más vacía. Como si la persona que estaba detrás de esos ojos ya no estuviera ahí desde mucho antes de desaparecer.
—Si no dejó rastro… —murmuró Oliver.
—Entonces nadie puede confirmar que murió —terminó Sofian.
La pantalla vibró.
Un parpadeo.
Interferencia.
La voz de la reportera se distorsionó un segundo, como una señal que se pierde en medio de un bosque.
Y la televisión se apagó sola.
No hubo corte de luz. Los demás enchufes seguían funcionando. Solo la pantalla quedó en negro.
El silencio que vino después fue pesado, fue d eterror. Del tipo que uno no sabe bien cómo sobrellevar.
Entonces.
Un paso.
Arriba.
Claro. Lento. Luego rápido.
Oliver y Sofian levantaron la vista al mismo tiempo.
—Eso fue el segundo piso —dijo Sofian.
—No hay nadie —respondió Oliver, aunque su voz no sonó tan segura como otras veces.
Otro paso.
Más cerca de la escalera.
Sofian sintió que algo dentro de la casa había cambiado de posición. No sabía explicarlo mejor que eso. Como cuando uno entra a un cuarto y nota que alguien acaba de salir porque el aire todavía guarda la forma y el olor de esa persona.
Oliver habló sin apartar la vista del techo.
—Si él no nos vendió la casa…
Sofian terminó la frase.
—Entonces ¿quién lo hizo?
Un tercer paso.
Esa noche ninguno de los dos habló mucho. Comieron lo que quedaba sin mirarse demasiado, recogieron la mesa, se fueron a la cama antes de lo habitual. No porque tuvieran sueño sino porque quedarse despiertos en el salón con esa pantalla apagada y esos pasos todavía resonando en la cabeza se sentía peor que cualquier otra cosa.
Y después nada.
Silencio absoluto.
La casa crujió varias veces antes de que se durmieran. Cada sonido venía de un lugar distinto. Como si algo estuviera recorriendo los cuartos despacio, sin prisa, buscando algo…
Fue una noche larga.
Y pesada.

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