Varemont, la casa que colecciona almas | Capítulo 7

Varemont, la casa que colecciona almas | Capítulo 7

Ninguno de los dos subió al segundo piso ese día.

No lo hablaron. No lo acordaron. Simplemente no lo hicieron, como si los dos hubieran llegado a la misma conclusión sin necesidad de decírsela al otro, para realizar sus actividades del día tranquilamente.

Oliver revisó las cerraduras antes de acostarse. Dos veces. Sofian dejó el libro en la mesa del salón, cerrado, y se fijó bien en la posición exacta en que lo dejó. Quería poder comprobarlo al día siguiente.

La casa crujía como siempre. Pero ahora cada sonido tenía un peso distinto. Ya no era el ruido normal de una estructura vieja. Era el tipo de sonido que hace que uno se quede quieto y espere el siguiente, como las réplicas de un temblor de alta magnitud.

* * *

A la mañana siguiente el cielo estaba despejado. Demasiado despejado para lo que había sido la noche anterior. Como si afuera todo funcionara con normalidad y solo adentro de Varemont el tiempo tuviera otro flujo.

Oliver despertó primero. Tenía esa costumbre desde que llegaron, despertar antes que Oliver, preparar el café, ordenar un poco la cocina mientras el otro dormía sus últimos diez minutos.

El salón estaba exactamente como lo habían dejado.

Excepto por una cosa.

El libro no estaba en la mesa.

Oliver se detuvo. Miró el lugar donde Sofian lo había puesto la noche anterior. La mesa estaba vacía. No había caído al suelo, no estaba debajo de nada. Simplemente no estaba.

—Sofian —llamó, sin elevar demasiado la voz.

Sofian apareció desde el pasillo, todavía con el cabello aplastado por dormir de lado.

—¿Qué pasa?

Oliver señaló la mesa.

Sofian frunció el ceño.

—Lo dejé ahí. Yo mismo lo puse ahí y me fijé.

—Yo también lo recuerdo ahí.

Recorrieron el salón con la mirada. Luego el pasillo. Luego la oficina.

El libro estaba sobre el escritorio. No estaba tirado, ni abierto de cualquier manera. Puesto con cuidado, con una precisión que no parecía accidental, como si alguien lo hubiera llevado hasta ahí y lo hubiera dejado en el lugar exacto.

Sofian fue el primero en acercarse. Se quedó parado frente a él sin tocarlo.

—Yo no lo moví.

—Yo tampoco —dijo Oliver.

—¿Recuerdas haberlo hecho?

Oliver no respondió. Y eso ya era una respuesta.

* * *

El libro estaba abierto por la mitad. Ninguno recordaba haberlo dejado así. La tinta de las páginas se veía más oscura que antes, más densa, como si fuera reciente. Como si alguien hubiera escrito hace apenas unos minutos.

Sofian acercó los dedos al papel sin llegar a tocarlo.

Había una línea nueva. Una sola frase que no estaba la noche anterior. Los dos lo sabían porque los dos lo habían revisado antes de acostarse.

«Él creyó que podía entregarla.»

Oliver la leyó en voz alta. Su voz sonó rara en el silencio del despacho.

—¿Entregar qué? —murmuró Sofian.

Las páginas siguientes estaban en blanco. Pero no del todo. Había marcas en el papel, hundimientos, como si algo hubiera sido escrito con mucha presión y luego arrancado. Las letras ya no estaban pero el papel guardaba su forma.

Sofian cerró el libro de un golpe.

—Esto es absurdo.

—No —dijo Oliver, muy bajo—. No lo es.

Sofian lo miró.

—Un hombre desaparece sin dejar rastro, pero es el mismo que nos enseñó la casa. La televisión se apaga sola. Escuchamos pasos donde no hay nadie. Y ahora un libro se mueve solo de noche y aparece con texto nuevo. Dime cómo le llamas tú a eso.

Oliver sostuvo su mirada.

—Le llamo exactamente lo que es. Y tú también lo sabes, Oliver. Solo que no quieres decirlo en voz alta.

Oliver no respondió. Porque Sofian tenía razón y los dos lo sabían.

* * *

Decidieron salir. Necesitaban aire y distancia, ver algo que no fueran las paredes de Varmeont por un rato.

Barranco en las mañanas tiene algo tranquilo. Las calles angostas, las casas con historia, los árboles que crecen torcidos sobre las veredas. Pero ese día había algo diferente en el ambiente. Una quietud que no era paz. La gente que se cruzaba los miraba de reojo y apartaba la vista rápido, como si mirarlos demasiado tiempo fuera a convertirlos en piedra.

Mientras caminaban por la calle principal, Sofian notó algo.

—¿Ves eso?

Oliver siguió su mirada.

Algunas casas tenían las ventanas tapiadas. No cerradas con cortinas ni con persianas. Tapiadas con madera o con ladrillos, como si quien vivía ahí hubiera decidido en algún momento que era mejor no ver hacia afuera. O no dejar que nada de afuera viera hacia adentro.

Había varias propiedades con carteles de venta. Viejos, desteñidos por el sol y la lluvia. Sin nombre de inmobiliaria, sin número de contacto, sin ningún dato útil. Solo SE VENDE escrito a mano y nada más.

—¿Quién administra todo esto? —preguntó Oliver.

No había respuesta evidente. El barrio funcionaba con normalidad aparente, había gente en las calles, negocios abiertos. Pero algo no cuadraba y ninguno sabía bien ponerle nombre.

Un anciano sentado en el umbral de su casa los miraba desde el otro lado de la calle. No disimulaba. Los miraba fijo, con una expresión que no era hostil pero tampoco era amigable. Era la cara de alguien que sabe algo y ha decidido que no es su problema contarlo.

Cuando Oliver intentó sostenerle la mirada el anciano se levantó despacio y entró a su casa. Cerró la puerta sin decir nada.

—Nos conocen —dijo Sofian—. No a nosotros exactamente. Pero saben quiénes somos. Saben que somos los que compraron Varemont.

* * *

Esa tarde, mientras revisaban los documentos de compra en la oficina, Oliver encontró algo que no debería estar ahí.

Era una hoja suelta, metida entre los papeles oficiales, pero claramente fuera de lugar. El papel era más amarillo, más frágil, con una letra manuscrita antigua que no se usaba desde hacía décadas.

Tenía una fecha escrita a mano.

La misma fecha. Repetida tres veces. Separadas por muchos años.

En cada una, el nombre del propietario era distinto. Pero la descripción de la propiedad era idéntica. Palabra por palabra. Incluso los mismos errores en los mismos lugares.

Oliver sintió un nudo en la garganta.

—Sofian.

Sofian levantó la vista.

Oliver giró la hoja sin decir nada más.

Sofian la tomó. La leyó. La volvió a leer.

—La vendieron antes.

—Eso pasa con las casas antiguas.

—No así. —Oliver señaló las fechas—. Están separadas por exactamente la misma cantidad de años. Las tres. Sin variación.

Sofian sintió que el aire en el cuarto cambiaba. No la temperatura. Algo más difícil de nombrar. Como cuando uno está leyendo algo y de repente entiende lo que el autor puso ahí desde el principio.

—Es un ciclo —susurró.

Oliver quiso negarlo. Abrió la boca para decir que eso no existía, que era coincidencia, que había una explicación lógica para todo. Pero las palabras no salieron.

Porque no la había.

Sofian miró hacia la puerta del despacho. Hacia el pasillo. Hacia la escalera.

La sensación volvió. Más clara que antes. Más cerca. Como si algo hubiera estado esperando pacientemente a que ellos terminaran de entender.

En el segundo piso una puerta se cerró.

Con suavidad. Sin violencia. Como si alguien hubiera entrado en una habitación y la hubiera cerrado detrás de sí con cuidado.

Los dos levantaron la vista.

No hubo pasos después.

Solo silencio.

Y la certeza, clara y fría, de que la casa no había estado vacía en ningún momento desde que ellos llegaron.



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