Varemont, la casa que colecciona almas | Capítulo 1

Varemont, la casa que colecciona almas | Capítulo 1

2026

Hay casas que aparecen cuando uno las necesita.

Y hay otras que aparecen para empeorar tu vida.

NO DEJES DE LEER: Varemont: la casa que colecciona almas | Prólogo

Oliver no buscaba nada en particular esa mañana. Era doctor recién graduado en pediatría y ese día no tenía pacientes. Estaba sentado en el sofá con su café con canela y leche entre las manos, deslizando el dedo por la pantalla del celular, viendo pasar fotos de casas y departamentos que no iba a comprar.

La lluvia golpeaba el ventanal del departamento que heredó, un lugar horrible que le había dejado un tío al que veía una vez cada tanto cuando era un niño y que, sin tener a quién más dárselo, se lo dejó. Tal vez fue por el cariño, o por las largas charlas sobre criaturas marinas que Oliver y su tío disfrutaban debatir.

La ciudad estaba imposible. Los precios eran un chiste. Los espacios eran diminutos. Y los vecinos, un tema aparte.

—¿Otra vez viendo casas que no podemos pagar? —gritó Sofian desde la cocina, con ese tono burlón que usaba cuando quería reírse de algo que en el fondo también quería.

Sofian era lector empedernido y escritor frustrado. Llevaba meses trabajando en una novela sobre zombis que atacaban el Palacio de Gobierno, aunque todavía no tenía el valor de mostrársela a nadie. En ese momento preparaba pan de avena con canela y se limpiaba las manos con un paño de cocina.

Oliver no respondió.

Había algo en la pantalla.

Una fotografía antigua.

Una fachada de piedra oscura.

Ventanas altas.

Una torre lateral.

Sintió un escalofrío raro, de los que no tienen explicación clara.

—Mira esto —dijo, girando el teléfono hacia la cocina.

Sofian se acercó con pereza, se inclinó sobre su hombro y se quedó callado.

El anuncio era raro por la poca información que brindaba.

Propiedad Varemont. Construcción original del siglo XIX. Amplios terrenos. Venta inmediata. Precio negociable.

El precio era perfecto. Ridículamente perfecto.

—Tiene que ser un error —murmuró Sofian—. Esas páginas siempre tienen alguien que carga mal los números. En los supermercados pasa igual: una televisión de mil soles aparece a nueve en la web.

Oliver amplió la imagen. La casa parecía intacta. Ni abandonada ni en ruinas. Solo impecable.

—Está demasiado barata —dijo.

Sofian tomó el teléfono y deslizó hacia abajo. No había historia de la propiedad. No había letras chicas. Solo una dirección, un número de contacto y esa sensación rara que uno tiene a veces sin saber de dónde viene.

—¿Dónde queda? —preguntó Sofian.

—En Mirata, Barranco. Cerca.

Hubo una pausa. Los dos sabían lo que significaba cerca: suficiente para salir del departamento, tener espacio, aire, privacidad. Todo lo que su departamento no tenía.

—Es enorme —dijo Sofian finalmente—. Yo podría escribir tranquilo sin escuchar a Pampy aullar a medianoche. Tú irías y vendrías del consultorio en veinte minutos.

Pampy era el perro del vecino de al lado. El dueño se llamaba Noa Valdecino, el hombre más chismoso y santurrón del edificio, y el animal ladraba a cualquier hora sin ningún motivo aparente.

No era la primera vez que hablaban de mudarse. Pero siempre había algo que los frenaba. El trabajo, el miedo a fracasar, la incomodidad de lo conocido.

Esta vez se sentía distinto.

Como si la decisión ya estuviera tomada antes de que la conversación empezara.

—Podríamos ir a verla hoy. —No tengo pacientes —dijo Oliver con esa mirada que Sofian conocía bien y a la que le costaba decir que no.

—¿Hoy?

La lluvia golpeó el vidrio.

—Sí. Hoy.

Sofian sonrió con esa mezcla de emoción y nerviosismo que siempre tenía cuando estaban a punto de hacer algo sin pensarlo demasiado.

—Si resulta ser un desastre, cocinas toda la semana.

Oliver se levantó de un salto, agarró la taza de café que ya estaba fría, se la tomó de un sorbo y fue a cambiarse con lo primero que encontró sobre la cama. Sofian lo observó desde la cocina, sonriendo. Había algo en ese entusiasmo desorganizado que siempre le resultaba imposible de resistir.

* * *

Jonás ya tenía las llaves en la mano cuando escucharon el sonido inconfundible de una puerta abriéndose en el pasillo.

—No, no, no —murmuró Sofian entre dientes.

Noa Valdecino apareció en el marco de su puerta con una bata floreada, unas pantuflas de oso que no combinaban con nada, una taza de té en la mano y esa cara de quien sale por casualidad, pero lleva diez minutos esperando el momento exacto para saber el chisme completo.

Era un hombre de unos sesenta años, delgado, con el cabello peinado hacia un lado con una precisión que resultaba sospechosa para esa hora.

—Buenas, vecinitos —dijo con una sonrisa entre dientes—. ¿Saliendo con esta lluvia?

—Buenos días, Noa —respondió Oliver con la cortesía justa y precisa… ni más ni menos.

—Qué madrugadores. —Se tomó una pausa calculadora—. Siempre digo que el trabajo dignifica al hombre. Y a la familia. —Sus ojos se fueron de Oliver a Sofian y de Sofian a Jonás—. ¿Van juntos?

—Siempre vamos juntos —dijo Sofian con una sonrisa perfectamente amable—. Como los buenos vecinos.

Noa se persignó de forma casi imperceptible, como un tic que no podía controlar.

—Claro, claro. Oigan, ¿escucharon a Pampy anoche? Pobrecito, algo lo asustó. Mi pastor dice que los perros perciben las energías malas en el ambiente. Hay energías buenas y energías que… bueno. —Levantó la taza como si brindara—. Que Dios los acompañe, vecinitos. Estaré rezando por sus almas.

—Nosotros también, vecino —respondió Sofian sin girarse.

Esperaron a estar en la calle para soltar la risa.

* * *

El taxi arrancó entre la lluvia. Sofian miraba por la ventana con esa expresión fingida de emoción. Oliver tenía el teléfono en la mano con la foto de Varemont todavía en pantalla.

Por un instante, muy breve, tuvo la impresión de que una de las ventanas de la casa reflejaba algo que no era el cielo gris.

Parpadeó.

No había nada.

Solo la fachada gris, esperando.

Como si supiera que ya estaban en camino.



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