Varemont, la casa que colecciona almas | Capítulo 10

Varemont, la casa que colecciona almas | Capítulo 10

Sofian estaba solo.

Oliver había salido temprano con una lista de cosas pendientes: trámites, un par de pagos, revisar algo en el consultorio. Le dejó un beso en la mejilla antes de irse y le dijo que volvía antes de que oscureciera.

Al principio la soledad no era molesta. Sofian preparó café, abrió uno de sus cuadernos en la mesa de la oficina, intentó avanzar con algunos apuntes para su novela. La casa en silencio tenía algo que podría haber sido agradable en otras circunstancias, esa quietud de los espacios grandes cuando uno está solo y no tiene que estar pendiente de nada más.

Pero la quietud no duró.

Fue gradual. Primero la sensación de que alguien estaba parado en el pasillo, aunque cuando Sofian fue a ver no había nadie. Luego los crujidos, que ese día tenían un ritmo distinto, más lento, más deliberado, como si algo estuviera caminando sin apuro por el piso de arriba. Luego el frío, que apareció en el salón sin razón y no se fue en toda la mañana.

Sofian cerró el cuaderno. No podía concentrarse.

Se sentó en el sofá con un libro pero tampoco podía leer. Tenía la atención puesta en los sonidos de la casa, en cada crujido, en cada variación del silencio.

Fue entonces cuando lo escuchó.

Un susurro. Apenas perceptible, sin dirección clara, como si viniera de las paredes mismas.

Sofian.

Se levantó de un salto.

—¿Oliver?

Nada. Solo el eco de su propia voz moviéndose por los cuartos vacíos.

Esperó un momento parado en el centro del salón. El corazón le latía más rápido de lo normal pero intentó respirar con calma. Era una casa vieja. Las casas viejas hacen ruidos. Ya lo sabía.

Pero ese no había sido un ruido. Había sido su nombre.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó, sintiéndose un poco ridículo en cuanto lo dijo.

Nada.

Volvió a sentarse. Intentó retomar el libro. Pasó veinte minutos mirando la misma página sin leer una sola línea.

Un golpe en el piso de arriba. Fuerte esta vez, no como los anteriores. Lo suficientemente fuerte para hacer vibrar levemente la lámpara del techo.

Sofian se quedó quieto.

Luego, desde algún punto que no supo ubicar bien, llegó una voz. Más clara que la anterior. Con un tono urgente.

Escúchalo. Antes de que sea tarde.

Sofian se puso de pie despacio. Miró el techo, miró la escalera, miró sus manos que estaban levemente temblorosas. Miró toda la casa.

—Qué quieren de mí —dijo en voz baja. No era exactamente una pregunta.

Nadie respondió con palabras. Pero desde el piso de arriba llegó algo que podría haber sido el sonido de una puerta moviéndose en su marco.

Se acercó a la escalera. Subió despacio, con una mano sobre la pared, escuchando cada paso que daba y cada sonido que respondía desde la casa.

El pasillo del segundo piso estaba oscuro aunque afuera había luz. Las ventanas del pasillo parecían absorber la claridad en lugar de dejarla entrar. Los retratos en las paredes, esos que no eran de nadie que conocieran, parecían distintos de costumbre. No sabría decir en qué exactamente. Solo distintos.

Al final del pasillo había una puerta entreabierta. Una que Oliver y él habían revisado varias veces y siempre encontraban cerrada.

Sofian se acercó. Empujó la puerta con la punta de los dedos.

El cuarto que había adentro estaba lleno de cosas que no deberían estar ahí. Fotografías viejas apiladas sobre una cómoda, cartas atadas con una cinta que alguna vez había sido roja y ahora era de un color indeterminado, objetos pequeños que no supo identificar acomodados sobre el suelo con una precisión que no parecía accidental.

En el centro del cuarto, en el suelo, había un objeto inusual, un diario abierto.

Oliver se acercó y se agachó para leer.

La letra era reciente. La tinta no estaba seca del todo.

Solo juntos podrán cerrar el ciclo. Oliver debe volver antes del 25.

Sofian se quedó arrodillado frente al diario un momento sin moverse.

Escuchó pasos detrás de él.

Se giró rápido.

No había nadie.

Pero la sensación de presencia era tan intensa que casi podía verla. Como cuando uno sabe que alguien acaba de salir de un cuarto porque el aire todavía guarda la forma de esa persona.

Sofian se levantó, tomó el diario con cuidado y bajó las escaleras sin apresurarse, controlando la respiración, tratando de no correr aunque cada parte de su cuerpo le pedía que lo hiciera.

Se sentó en el salón con el diario sobre las rodillas y esperó a que Oliver volviera.

Tardó dos horas.

Cuando entró por la puerta Sofian estaba exactamente donde lo había dejado, en el sofá, con el diario en las manos y una expresión que Oliver no le había visto antes.

—¿Qué pasó? —preguntó Oliver, cerrando la puerta.

Sofian levantó el diario.

—Esto estaba en el cuarto del fondo. El que siempre está cerrado.

Oliver se acercó. Tomó el diario y leyó la página.

Se quedó callado un momento.

—¿Cuándo aparece el 25? —preguntó.

—No lo sé —dijo Sofian—. Pero aparece. Y el 23 también aparecía antes. Oliver, algo en esta casa sabe cosas que nosotros no sabemos. Y está intentando decirnos algo antes de que sea demasiado tarde para escucharlo.

Oliver miró el diario, luego a Sofian, luego la escalera.

—¿Subiste solo?

—Sí.

—No vuelvas a hacer eso.

—Lo sé.

Oliver se sentó a su lado. Puso el diario sobre la mesa frente a ellos y los dos lo miraron en silencio un momento.

Desde el piso de arriba llegó un crujido largo, profundo, que recorrió toda la estructura de la casa de un extremo al otro.

Como si algo acabara de acomodarse.

Como si algo estuviera cada vez más cerca de donde necesitaba estar.


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