Otro día amaneció en Varemont sin ninguna novedad aparente.
La luz entró por los ventanales altos del salón como una marea en pleno verano, extendiéndose despacio sobre el suelo de madera gastado por el tiempo. No era una luz que molestara. Era de esas claridades que invitan a quedarse quieto un rato y descansar bajo la sombra.
No dejes de leer: Varemont, la casa que colecciona almas | Capítulo 4
Sofian fue el primero en despertar. Se quedó unos segundos mirando el techo sin moverse, escuchando. No había ruidos de ciudad. Ni autos, ni voces de vecinos, ni el maldito Pampy. Solo el crujido leve de la madera acomodándose al nuevo día, como si la casa también estuviera despertando.
Giró la cabeza.
Oliver dormía de lado con el ceño levemente fruncido, como si incluso dormido estuviera resolviendo los pendientes de la casa. Sofian sonrió. Siempre le había parecido un poco injusto que alguien pudiera verse tan serio y tan indefenso al mismo tiempo.
Se inclinó y apartó con cuidado un mechón de cabello que le tapaba la frente.
Oliver abrió los ojos.
—Estás mirándome otra vez —murmuró, con la voz todavía tomada por el sueño.
—Estoy comprobando que sigues aquí.
Oliver arqueó una ceja.
—No planeo irme de tu vida. Aún.
Sofian no respondió enseguida. Apoyó la frente en el hombro de él y cerró los ojos un segundo más de lo necesario.
—Se siente distinto despertar aquí —dijo finalmente.
—Es solo una casa. Y es nuestra, Sofian.
—Con el tiempo me va a gustar —susurró Sofian—. Es un comienzo. Y todas las historias tienen uno, pero esta creo que va a ser una saga de más de 20 libros, como las de Cassandra Clare.
Oliver lo observó un momento. Él siempre necesitaba ponerle nombre a las cosas o darle referencia de sus autores o libros favoritos.
—Entonces hagamos café con canela para inaugurar oficialmente el comienzo de esta saga —dijo Oliver, abrazándolo y dándole un beso en la frente y luego en los labios.
* * *
La cocina todavía estaba medio vacía. Las cajas seguían apiladas contra la pared. Sofian abrió una al azar y encontró tazas envueltas en papel periódico. Las fue desenvolviendo una por una con más cuidado del que usaba para casi cualquier otra cosa. Sus libros, sus medias y sus tazas temáticas eran las únicas pertenencias que Sofian trataba con una delicadeza que rayaba en lo religioso.
—¿Te acuerdas cuando nos mandábamos mensajes de texto en la secundaria? —preguntó de pronto.
Oliver, que estaba prendiéndo la hornilla de la cocina, hizo una pausa.
—Me acuerdo. Algo tan de los 2000.
—Deberíamos volver a hacerlo.
Oliver lo miró con ganas de reírse pero se contuvo.
—¿También quieres que nos bajemos el Messenger y te mande esos besos horrorosos que cubrían toda la pantalla?
Oliver soltó una carcajada tan brusca que tuvo que apoyarse en la mesada para no caerse.
Oliver se acercó por detrás y le rodeó la cintura.
—Estamos en un punto en que no sabría qué hacer sin ti —dijo en voz baja.
—Siempre tan dramático —respondió Sofian, aunque no hizo ningún esfuerzo por apartarse.
Oliver giró apenas la cara para rozar su mejilla con la de él. No era un gesto cliché. Era de esos que uno aprende a hacer cuando ya no necesita demostrar nada, solo hacerlo y dejarse llevar por el momento
El café empezó a hervir.
* * *
Más tarde salieron al jardín.
El terreno era amplio, con árboles viejos que tiraban sombras largas sobre el pasto todavía húmedo de la mañana. Con el sol encima, Varemont no parecía amenazante. Casi parecía un buen lugar para vivir.
—Podríamos poner un banco ahí —dijo Sofian, señalando un rincón bajo un roble grande.
—¿Para qué?
—Para sentarnos a no hacer nada.
Oliver lo miró de reojo.
—Eso suena sospechosamente improductivo.
—No todo tiene que producir algo. Solo estar de oseos un rato y ya.
Oliver sonrió.
Esa era la diferencia entre los dos. Oliver pensaba en planos, en tiempos, en estructuras, todo minusiosamente. Sofian pensaba en el momento.
Se detuvieron cerca del ventanal que daba al despacho donde iban a instalar el estudio. Oliver empezó a explicar cómo distribuiría el espacio, por dónde entraría mejor la luz, qué pared aguantaría el peso de los libreros.
Sofian lo escuchaba, pero no del todo.
Había algo en la casa que no sabía cómo explicar. Una sensación persistente, como cuando uno sabe que algo va a pasar sin saber qué ni cuándo.
—¿Me estás oyendo? —preguntó Oliver.
Sofian parpadeó.
—Sí. Claro.
—No lo estabas.
Sofian dudó.
—¿Alguna vez sentiste que un lugar te conoce?
Oliver soltó una risa breve por la nariz.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
—Entonces no.
Sofian asintió, pero no estaba convencido.
* * *
Cuando volvieron a entrar, el silencio era más denso que antes. Ni los pájaros se escuchaban desde afuera, aunque los había visto en el jardín hace un momento.
Sofian fue al salón casi sin pensarlo. Miró la mesa donde habían dejado el libro la noche anterior.
Se detuvo.
—Oliver.
—¿Qué ocurre?
El libro seguía en la mesa. Pero estaba girado, levemente, como si alguien lo hubiera cerrado con cuidado y lo hubiera dejado en una posición distinta.
Oliver se acercó.
—Lo movimos nosotros sin darnos cuenta.
—Yo lo dejé abierto.
—Entonces lo cerré yo y no me acuerdo.
Respuesta lógica. Muy limpia y alcanzaba para seguir ordenando la casa.
Sofian apoyó la mano sobre la cubierta.
La madera del suelo crujió en algún punto de la casa.
Los dos levantaron la vista.
Hubo un silencio tenebroso.
—La casa es vieja. Va a crujir siempre —dijo Oliver.
Sofian asintió.
Pero cuando tocó el libro sintió algo que no era miedo exactamente. Algo más difícil de ponerle nombre.
—Ven —dijo Oliver, extendiéndole la mano—. Tenemos trabajo que hacer.
Sofian la tomó.
Y por un instante, mientras sus dedos se entrelazaban, la casa pareció exhalar.

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