La mudanza llegó dos días después.
El camión se detuvo frente a Varemont poco antes del mediodía. El cielo estaba despejado, pero el aire tenía esa sensación rara de los lugares donde parece que nadie hace ruido aunque haya gente alrededor.
No dejes de leer: Varemont, la casa que colecciona almas | Capítulo 2
—Todavía no es tarde para arrepentirse —dijo Sofian cantando mientras bajaba la primera caja.
—Ya es tarde. Nos descontaron el dinero del préstamo —respondió Oliver, aunque sonrió.
No tenían demasiadas cosas. Algunos muebles, los equipos de trabajo y más libros de los que Sofian admitía necesitar.
La puerta principal estaba más pesada de lo que recordaban. Oliver empujó con el hombro y por un segundo tuvo la sensación de que algo desde adentro estaba empujando para el otro lado. Luego, de un momento a otro, cedió.
El interior se veía diferente con la luz del mediodía. Más grande. Más hermoso. Más callado. El eco de sus propios pasos se expandía por el vestíbulo vacío de una manera que resultaba difícil de explicar.
—Va a quedar increíble —dijo Sofian, girando sobre sí mismo con los brazos abiertos como si ya estuviera midiendo el espacio con su propio cuerpo.
Oliver miró la escalera. No sabía por qué, pero desde que llegaron evitaba mirarla demasiado tiempo. Algo no le cuadraba del todo.
La tarde pasó entre cajas abiertas, muebles que arrastraban de un lado al otro y decisiones pequeñas: el sofá junto a la ventana, la mesa cerca de la cocina, el escritorio en la habitación lateral con buena luz y, lo más importante para Sofian, dónde iban a ir sus trescientos libros.
Cada vez que Oliver cruzaba el vestíbulo, sentía un cambio leve en la temperatura. No era frío exactamente. Era más como una sombra, esa sensación de que algo bloquea la luz aunque la luz esté entrando de frente.
—¿Tú también sientes eso? —preguntó sin pensarlo.
—¿Qué cosa? —respondió Sofian desde el pasillo.
Oliver dudó.
—Nada. Olvídalo.
A las seis el camión se fue. El barrio volvió a su ritmo de siempre: un perro ladró a lo lejos, un auto pasó despacio y después reinó el silencio. Un silencio de verdad, sin Pampy, sin el santurrón de Noa, sin paredes tan delgadas que uno escuchaba todo. Algo que no habían tenido en mucho tiempo.
Prepararon algo rápido para cenar. Como todavía no habían desempacado todo, comieron sentados en el suelo del salón.
—Por nuestra nueva vida —dijo Sofian, levantando su vaso de limonada.
Oliver chocó el suyo.
—Por Varemont.
El nombre quedó suspendido en el aire un instante. Los dos se miraron y sonrieron. Tenían poco, pero se tenían el uno al otro, y eso hacía que las cosas pequeñas se sintieran grandes.
* * *
La primera anomalía ocurrió a las siete y diecisiete. Jonás lo supo después porque miró el reloj de inmediato.
Un golpe seco.
Arriba.
Sofian levantó la cabeza.
—Eso no es la madera.
Escucharon.
Nada.
Oliver se levantó.
—Voy a ver.
—Espera.
Subieron juntos.
El pasillo del segundo piso estaba en penumbra, aunque afuera todavía había un poco de luz. Una de las puertas estaba entreabierta.
—Me parece que la dejamos cerrada —murmuró Sofian.
Oliver avanzó primero y empujó la puerta. La habitación estaba vacía. Solo el suelo de madera y una ventana cerrada.
—Tal vez fue una corriente de aire —dijo Sofian, sin terminar de convencerse.
Oliver miró la ventana.
No había viento.
Cerró la puerta con firmeza y bajaron.
Intentaron retomar la conversación. Hablaron de muebles, de pintura, de cambiar las cerraduras. Pero algo se había metido entre ellos que ninguno quería nombrar todavía.
Como si los dos estuvieran esperando el siguiente sonido.
Y el sonido llegó.
Esta vez no fue un golpe.
Fue un crujido largo, lento.
No arriba.
No abajo.
En las paredes.
Como si la casa estuviera ajustando su estructura alrededor de ellos, tal vez como acomodándose.
Sofian se quedó inmóvil.
—Oliver…
La lámpara del salón tintineó una vez. Solo una. Y volvió a la normalidad.
El silencio regresó.
Pero ya no era el mismo silencio de antes.
Oliver tuvo una certeza que no podía explicar. No era que la casa fuera vieja.
Era que la casa se estaba despertando.

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