Varemont, la casa que colecciona almas | Capítulo 2

Varemont, la casa que colecciona almas | Capítulo 2

La cita fue ese mismo martes por la tarde. Los dos se sorprendieron de que el vendedor aceptara a último minuto, sin hacer preguntas.

No dejes de leer: Varemont, la casa que colecciona almas | Capítulo 1

Miralta estaba cubierto por una bruma ligera que suavizaba las fachadas de Barranco. Las casas se veían elegantes, pero había algo en el ambiente que lo volvía perturbador. Como cuando uno entra a un lugar y siente algo raro, pero no sabe cómo explicarlo.

Varemont se alzaba entre las otras casonas sin llamar demasiado la atención a primera vista. Pero si uno se quedaba mirándola un momento, había algo en la simetría de su fachada que resultaba inquietante sin que uno pudiera explicar exactamente por qué.

Sofian fue el primero en bajar del taxi.

—Es más grande de lo que pensé —dijo, mirando hacia arriba.

Oliver tardó un segundo más en salir. Se quedó observando la puerta principal como si esperara que se moviera sola.

El hombre que los esperaba en la vereda llevaba traje oscuro, corbata amarilla y zapatos marrones con un brillo que debería ser un crimen usarlos en el día. Tenía una carpeta gruesa bajo el brazo y una sonrisa de vendedor que claramente había practicado por mucho tiempo.

—Buenosss díasss. Graciass por venir. Mi nombre es Mario Herosssmo —dijo. Tendría unos cuarenta y cinco años, aunque su cara cuarteada y demacrada lo hacía parecer de más. El abdomen se le desbordaba sobre el cinturón y cuando les extendió la mano para saludar, la piel estaba fría. Extrañamente fría para una tarde sin viento.

Sofian y Oliver se miraron de reojo.

—¿Herosmo? —repitió Sofian, apenas en voz baja.

Oliver le hizo un gesto discreto para que no siguiera.

—La propiedad Varemontss es una conssstrucción del siglo XIX —empezó a explicar el vendedor, con un seseo en la ese que incomodaba un poco al oído—. Estructura sssólida, ressstauraciones mínimas, lista para habitar sin mayor trámite en la municipalidad.

Sofian fue directo al punto.

—El precio es inusualmente bajo. Más que bajo, es un regalo, y no es mi cumpleaños.

El hombre sonrió. Su boca se arqueaba demasiado, mostrando unos dientes astillados y amarillentos que deberían ser el peor terror de un dentista.

—Lasss casasss antiguass nesscesitan compradores específicos. No todos están dispuestos a hacerse cargo de lo que puede surgir despuéss de la compra. Algunas reparaciones, cambiar unas puertas, cosas así.

—¿Hacerse cargo? —preguntó Oliver.

—Me gusta másss la palabra mantener —corrigió con suavidad—. Son espacioss con hissstoria.

Sacó la llave.

Hubo un momento raro antes de abrir. Como si la cerradura ofreciera resistencia y luego decidiera ceder sola.

El interior era amplio y tenía buena luz. No había polvo acumulado ni señales de abandono. Todo parecía como congelado en el tiempo. En la sala y el pasillo había muebles tapados con mantas blancas, y debajo de la escalera de caracol había un espejo de casi dos metros con un marco tallado a mano, lleno de símbolos que ninguno de los dos supo descifrar.

Sofian recorría los cuartos con entusiasmo. Abría puerta por puerta y daba un rápido chequeo. Oliver iba detrás observando otras cosas: grietas finas en el techo, marcas en el suelo que no eran de desgaste normal, puertas que no cerraban del todo, caños que goteaban.

—¿Alguien vivió aquí recientemente? —preguntó, pasando el dedo por el borde de una mesa de madera que estaba en muy buen estado y sin polvo.

—No —respondió el vendedor sin dudar—. Ha estado vasscía un tiempo.

Demasiado vacía, pensó Oliver, aunque no supo exactamente por qué esa respuesta le molestaba.

El recorrido fue rápido. Herosmo no daba muchas explicaciones, como si hubiera partes de la casa que prefería no mostrar.

Al volver al vestíbulo, abrió la carpeta.

—Sssi están desscididoss, podemos proceder.

Oliver miró a Sofian.

Ese tipo de decisiones normalmente las discutían durante días. Pero esta vez no.

Sofian asintió.

Oliver también.

Firmaron. Depositaron el dinero del préstamo y se convirtieron en los flamantes dueños de Varemont.

El sonido del bolígrafo raspando el papel duró más de lo que debería. Cuando el último documento quedó sellado, Herosmo les entregó la llave sin mayor ceremonia.

—Bienvenissdosss a Varemont.

La frase sonó vacía. Sin entusiasmo, sin calidez. Un silencio incómodo que ninguno supo cómo romper.

Salieron hablando de cosas prácticas: la mudanza, qué cuarto sería el estudio, si iban a pintar o dejar las paredes así. Sofian estaba emocionado, ya imaginando cómo iba a acomodar todo. Oliver miraba de reojo la fachada mientras caminaban hacia el taxi, intentando descifrar algo que no sabía bien qué era.

Fue Sofian quien notó algo primero.

—El tipo del apellido raro no se despidió.

Oliver giró la cabeza hacia la vereda.

No había nadie.

—Habrá entrado —dijo, aunque la puerta seguía cerrada.

El taxi arrancó. Hablaron de todo lo que habían visto, llegaron a acuerdos, se hicieron promesas pequeñas sobre la casa. Estaban contentos. Varemont iba a ser el comienzo de algo nuevo.

O iba a guardar algo más que recuerdos.

* * *

El vendedor reapareció frente a la casa apenas unos segundos después de que el taxi desapareciera al final de la calle.

La sonrisa se fue de su cara.

Sus ojos se oscurecieron y luego brillaron desde adentro, como si alguien hubiera encendido una brasa detrás de las pupilas.

No gritó.

No intentó moverse.

Su cuerpo se tensó de una manera que no era natural.

El calor empezó en el pecho.

No fue fuego visible.

Fue combustión interna.

La piel se agrietó.

Las venas se iluminaron bajo la superficie por un instante y se volvieron de un color amarillento.

Un sonido seco, como madera partiéndose desde adentro.

El cuerpo cayó hacia atrás.

Cuando tocó el suelo, ya no era un cuerpo.

Era ceniza compacta que el viento se llevó en segundos.

La puerta de Varemont se quedó cerrada.

Las ventanas, inmóviles.

Pero algo dentro de la casa empezó a reírse.

Se acercaba el momento de reclamar lo que tanto había esperado.



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Una respuesta a «Varemont, la casa que colecciona almas | Capítulo 2»

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