Varemont, la casa que colecciona almas | Capítulo 4

Varemont, la casa que colecciona almas | Capítulo 4

La primera noche en Varemont fue tranquila.

Fue sutil.

Fue normal.

Demasiado normal.

No dejes de leer: Varemont, la casa que colecciona almas | Capítulo 3

Oliver despertó antes que el despertador. La luz todavía no había entrado bien por las cortinas, apenas un gris tenue que anunciaba que el día iba a empezar en algún momento. Durante unos segundos no supo dónde estaba. Luego vio el techo alto de madera, la estructura antigua, y sintió esa presión leve en el pecho que llevaba días ignorando.

A su lado, Sofian dormía profundamente, con el rostro relajado, la respiración muy pareja. Verlo así, tan tranquilo, contrastaba con lo que Oliver sentía y no lograba sacudirse.

No era miedo exactamente. Era otra cosa, era como si muy pronto perdería algo importante.

Se levantó con cuidado de no despertarlo. El suelo estaba frío bajo los pies. Bajó las escaleras despacio, pegándose a la pared, evitando los escalones que crujían más.

El piso de abajo se veía diferente en la mañana. Más clara, más limpia, como si la luz del día le devolviera la vida que la noche le había quitado.

Preparó el café, con canela y leche, como siempre. El sonido del agua hirviendo rompió el silencio de golpe. Oliver apoyó las manos en la encimera y respiró hondo, mirando por la ventana de la cocina hacia el jardín.

Entonces lo escuchó.

No fue un golpe. No fue un crujido.

Fue una voz.

Tan leve que pudo haber sido aire escapándose por alguna rendija. Pero tenía forma, tenía dirección, y vino de cerca.

Se quedó completamente quieto.

—¿Sofian? —murmuró.

No hubo respuesta.

La voz no se volvió a escuchar. Pero dejó una sensación que no se fue. La certeza de que no había sido su imaginación.

Minutos después escuchó los pasos de Sofian bajando las escaleras.

Apareció en la cocina despeinado y con los ojos todavía medio cerrados, como siempre.

—Hueles a café y a insomnio —dijo, acercándose.

—¿Dormiste bien? —preguntó Oliver, intentando sonar normal.

—Como una piedra —respondió Sofian, sirviéndose café.

Eso lo inquietó más, aunque no dijo nada.

Mientras desayunaban, Sofian se quedó mirando la pared del comedor.

—¿Siempre estuvo esa marca ahí?

Oliver giró la cabeza.

En la pintura clara había una línea vertical más oscura. No era humedad ni una sombra. Tenía demasiada regularidad para que fuera una imperfección.

—Es la luz —dijo Oliver rápido.

—La luz viene del otro lado.

Sofian se levantó y se acercó. Pasó la yema de los dedos por la superficie de la pared.

—Está tibia —dijo—. La pared está tibia.

Oliver se levantó también. Apoyó la palma. Era verdad. No era el calor de una pared que recibe sol directamente. Venía de adentro.

Oliver sintió el impulso de decir que se iban. Que nada valía más que estar seguros. Pero no lo dijo. Porque en el fondo no quería irse. Todavía no.

* * *

Esa tarde comenzaron a ordenar la habitación del estudio. Cajas de libros, papeles, carpetas apiladas sin orden.

Entre los libros de Sofian apareció uno que ninguno recordaba haber empacado.

Tenía una cubierta oscura. Cantos negros. Sin título.

—¿Es tuyo? —preguntó Sofian.

Oliver lo tomó y lo examinó.

—No.

Lo abrieron. Las primeras páginas estaban en blanco. En la tercera había una sola línea, escrita con tinta oscura en el centro de la página.

Siempre regresan.

El cuarto pareció achicarse un poco.

—Esto no es gracioso —dijo Sofian. No sonó molesto. Sonó incrédulo.

Oliver revisó el resto. No había más texto. Solo esa frase. El libro no tenía polvo. No parecía viejo. No parecía una broma de nadie.

Sofian lo cerró.

—¿Lo tiramos?

—No —dijo Oliver.

Sofian lo miró.

—¿Por qué no?

—No lo sé. Pero no debemos.

Sofian lo miró un segundo más y asintió. Había aprendido a confiar en la intuición de Oliver aunque no tuvieran explicaciones.

La casa crujió suavemente desde algún punto del techo.

Como si aprobara la decisión.

Y en algún lugar detrás de las paredes, algo que llevaba más de un siglo esperando sintió que las cosas estaban empezando a encajar.



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