Varemont: la casa que colecciona almas | Prólogo

Varemont: la casa que colecciona almas | Prólogo

Nota del autor

Gracias por entrar a Librolandia Peru y acompañarme en este proyecto.

«Varemont: la casa que colecciona almas» es una creación propia, fruto de mi imaginación y mi proceso empírico como escritor. Como toda primera obra en construcción, es posible que encuentres algunas imperfecciones en el camino. De antemano, gracias por tu comprensión.

Ahora sí, bienvenido a este mundo oscuro de amor y reencarnación.

Carlos Arango Guerrero


Varemont, 1871

La niebla bajaba desde las colinas despacio, sigilosa, como un gato que no quiere que lo escuchen mientras acecha a su presa. Se arrastraba por las calles húmedas de Lima envolviéndolo todo, los adoquines, las fachadas, los faroles que parpadeaban como si se les hubiera quemado los focos.

La casa Varemont se erguía en medio de esa bruma como si llevara siglos esperando algo. Como si supiera que esa noche, por fin, iba a pasar.

No era una casa abandonada. En su interior no vivían personas. Vivían almas que no podían irse.

Pedían una segunda oportunidad.

Clamaban justicia.

Rogaban que el dolor que cargaban desde hacía décadas terminara de una maldita vez.

Pero no iba a pasar. Varemont tenía hambre. Y de eso se alimentaba.

* * *

Oliver sostuvo el portón de hierro mientras Sofian bajaba del carruaje. Las ruedas habían dejado surcos profundos en el barro que dejó la lluvia de la tarde. El cochero descargó el equipaje sin mirar la fachada en ningún momento, como si mirarla fuera a costarle la vida. Apenas terminó, agarró las riendas de los caballos y se fue por el camino sin despedirse ni voltear.

Conocía las historias que circulaban sobre Varemont. Todo el que vivía en esa parte de Lima las conocía. Quería advertirles a esos dos jóvenes, quería decirles que dieran media vuelta y no volvieran. Pero la casa se lo impidió.

El cochero sintió un dolor profundo en el pecho, como si algo le hubiera metido la mano adentro del cuerpo y estuviera buscando algo. Sus ojos se pusieron blancos. Su mente se nubló.

Pensó en sus hijos. En su mujer que lo esperaba con la cena lista. En que mañana tenía que llevar al menor de sus hijos al médico porque llevaba tres días con fiebre. Ese pensamiento, tan simple, tan común y de todos los días, fue más fuerte que lo que sea que la casa le estaba haciendo.

El cochero volvió en sí. Cayó de rodillas en el barro. Intentó enfocar la vista, buscó a los jóvenes con la mirada, pero lo único que tenía frente a él era Varemont. Con lo poco que le quedaba de fuerzas, se levantó y salió corriendo sin mirar atrás.

* * *

—No parece tan terrible —murmuró Sofian, mirando las ventanas altas y oscuras.

Oliver apenas sonrió.

—Nos pertenece. Eso la hace distinta.

Esa mañana habían firmado los papeles en la ciudad. Oficialmente eran socios de una pequeña editorial que nunca había producido nada más interesante que folletos para bingos y traducciones que nadie pedía. Era una excusa. Nadie hacía demasiadas preguntas cuando dos hombres bien vestidos caminaban juntos con el mismo destino.

Pero la verdad era más sencilla que todo eso.

Estaban cansados de fingir.

Querían ser ellos mismos, sin que nadie los estuviera mirando.

¿Podían dos hombres vivir juntos en 1871? Sí, siempre que hubiera una explicación razonable. Siempre que no hubiera gestos equivocados en público. Siempre que las apariencias se mantuvieran a raya.

Varemont estaba lejos de todo eso.

Y lejos era sinónimo de libertar.

La casa tenía tres niveles de piedra oscura, balcones estrechos con acabados que en otro momento debieron haber sido elegantes, y una torre lateral que parecía estar mirando el horizonte con suma atención. No había hiedra en los muros ni cristales rotos. Todo estaba intacto, como si alguien le hubiera dado mantenimiento hasta el día anterior.

Demasiado perfecto para una casa con tanto tiempo encima.

—¿No te parece raro que nadie haya querido quedársela? Tiene más años que nuestros padres —preguntó Sofian.

Oliver sacó la llave sonriendo.

—Las propiedades antiguas asustan al inicio. Pero cuando las remodelas y les pones tu toque, pueden guardar recuerdos hermosos. Y nosotros le vamos a dar muchos.

La cerradura cedió sin resistencia.

El interior olía a madera seca y a algo más que no era polvo. Algo que no se podia describir. El vestíbulo era amplio, con una escalera doble que subía como dos brazos abiertos. Era imponente, de esas cosas que uno no espera encontrar y que lo dejan parado un momento para admirar la belleza del lugar.

Sofian dio unos pasos y escuchó cómo su propia voz rebotaba en las paredes.

—Podríamos poner el escritorio junto a esa ventana. La imprenta en la habitación trasera y al lado la biblioteca. La luz es perfecta para leer de día.

Oliver lo miraba con discreción. Había algo en su expresión que iba más allá de la admiración, algo que no necesitaba nombre porque los dos sabían lo que era.

—Podríamos empezar aquí —dijo Oliver, sonriendo tímidamente.

Sofian sostuvo su mirada un momento más de lo habitual. Los dos entendían que no estaba hablando de la imprenta.

Durante meses habían planeado ese momento. Sin tener que quemar las cartas después de leerlas. Sin inventar excusas para los vecinos. Sin desmentir rumores en la municipalidad.

Varemont sería su comienzo.

Una nueva vida.

La puerta se cerró detrás de ellos.

Sofian se sobresaltó y por instinto se aferró a Oliver. Un segundo después se acordó de dónde estaba y se apartó con rapidez, empujándolo con suavidad. Se sintió ridículo.

—Perdoname —murmuró. con una sonrisa escondida.

Oliver lo tomó de los brazos antes de que pudiera alejarse del todo.

—Aquí podemos ser felices —dijo en voz baja—. Aquí no tenemos que fingir.

Oliver tenía una canción para Sofian . Había empezado siendo un tarareo sin forma y sin sentido, de esas cosas que uno hace sin darse cuenta mientras las hace. Con los meses le fue poniendo letra y se la cantaba en los momentos más íntimos que encontraban cuando vivían en la ciudad. Eran pocos esos momentos, pero bastaban para su colección de recuerdos.

Este era el momento indicado.

Si esta vida no me alcanza para darte todo el mar, ten un poco de paciencia, que yo vuelvo a empezar.

El silencio que siguió fue distinto. Las lágrimas corrían por las mejillas de Sofian sin que él hiciera nada por detenerlas. Adoraba esa canción. Siempre lo había hecho.

Lo miró como quien necesita asegurarse de que algo es real antes de creerlo del todo.

Oliver deslizó una mano hasta su mejilla y lo besó. No fue un beso largo ni impulsivo. Fue contenido, muy cuidadoso, como cuando uno descubre un territorio nuevo y no sabe lo que pasará. Pero al separarse, algo había cambiado entre ellos. Ya no había dudas.

En Varemont, al menos por ese instante, podían elegirse. Sin que nadie los juzgara. Sin rumores. Sin señalamientos.

* * *

La primera señal fue el frío.

No el frío de una ventana mal cerrada ni el de una noche de invierno. Era un frío que venía de adentro, como si el aire hubiera sido reemplazado por otra cosa.

Sofian dejó caer una de las maletas.

—Oliver…

La escalera crujió.

Nadie bajaba.

Pero algo se movía en el segundo piso.

Oliver tomó la mano de Sofian por instinto. Ese gesto que afuera siempre tenía que ser discreto, aquí fue inmediato y sin pensarlo.

—Es la madera, cariño —dijo. Aunque él mismo no se lo creyó del todo.

Las ventanas empezaron a oscurecerse por dentro. La luz se iba apagando despacio, como si la casa estuviera respirando y cada respiración se llevara un poco más de claridad.

Sofian intentó abrir la puerta. La manija no respondió. Tiró con fuerza.

Nada.

—¡Está atascada! —gritó. El pánico surcaba su voz.

Oliver se acercó y empujó con el hombro. La madera no cedió ni un centímetro. Varemont parecía construida de algo que no era madera ni metal de la época.

Un sonido profundo recorrió las paredes. No era un crujido. Era algo más parecido a una respiración lenta y furiosa.

Las sombras empezaron a moverse por el suelo, girando, como si estuvieran buscando algo.

Sofian retrocedió.

—Oliver, ¿qué está…

No terminó la frase.

El suelo bajo sus pies cedió levemente, como si la casa estuviera modificando su propia estructura. El aire se volvió denso. Difícil de tragar.

Oliver entendió algo en ese momento que no podía explicar con ninguna lógica: la casa estaba viva y los quería matar.

Las sombras cayeron por las paredes como tinta derramada y una alcanzó el brazo de Sofian.

—No puedo mover el brazo. ¡Oliver, ayúdame!

Oliver intentó liberarlo, pero la oscuridad no tenía superficie. No tenía por dónde agarrarla.

El piso se abrió como si la casa diera un bostezo. Sofian cayó al sótano.

—¡Oliver! —fue todo lo que alcanzó a gritar.

Oliver corrió. Cruzó el vestíbulo y bajó por unas escaleras oxidadas que crujían peligrosamente. Sintió algo que lo agarraba desde la cintura pero logró soltarse. Llegó hasta donde estaba Sofian, tirado en el suelo del sótano, sin moverse.

—Mírame. Por favor, mírame —suplicó entre lágrimas, arrodillándose a su lado.

La sombra que había intentado detener a Oliver alcanzó el pecho de Sofian. Su respiración se quebró.

No había sangre. No había herida visible.

Solo silencio.

Como si algo estuviera jalando de él desde adentro.

—Oliver—fue apenas un susurro.

Oliver sintió que algo lo tocaba a él también, moviéndose por su interior con una frialdad, buscando lo más puro de su interior… su alma.

La casa no quería sus cuerpos.

Se estaba llevando algo más que eso.

Sofian se arqueó una última vez y quedó inmóvil en sus brazos con los ojos abiertos. Vacíos. Pero Oliver supo que no estaba muerto. Lo supo de una manera que no podía explicar.

Una presión brutal se cerró sobre su propio pecho. Cayó junto a Sofian.

Las paredes parecían más altas. Más lejanas. Como si el sótano hubiera crecido para convertirse en una jaula.

La oscuridad entró en él.

Y en ese momento final, con lo último que le quedaba de conciencia, Oliver apretó el rostro de Sofian entre sus manos. Aunque el cuerpo ya no respondía.

—Escúchame —susurró—. Donde sea que nos lleven, te voy a encontrar.

Con lo poco que le quedaba de voz, susurró:

No hay distancia entre los siglos que cambie lo que soy. Soy el mismo que te busca, soy el mismo que te adora.

La presión aumentó.

El suelo desapareció bajo ellos.

—Te volveré a encontrar, Sofian. Aunque tenga que reencarnar mil veces.

No fue una despedida romántica.

Fue una promesa.

* * *

La casa siguió succionando.

Pero en lugar de una absorción limpia, algo salió mal. Hubo una fractura pequeña, casi invisible. Un fragmento, apenas una chispa, se desprendió del núcleo que Varemont.

No escapó hacia el cielo de Lima.

Escapó hacia el tiempo.

Varemont sintió el error. Por primera vez en toda su existencia, no había obtenido la totalidad de dos almas. Obtuvo un casi todo. Y ese casi fue suficiente para condenarla.

El sótano recuperó su forma original. La luz volvió despacio por los vitrales. En el suelo no había cuerpos. Nunca los hubo.

La casa se quedó quieta.

Sabía muy bien que lo incompleto siempre intenta regresar con su otra mitad. Aunque tenga que romper el tiempo y el espacio para lograrlo.


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