Cuentos en Librolandia

Sus manos, por Victoria Delgado

Se miró las manos nuevamente y pensó que si hay una forma de ver el paso del tiempo en el cuerpo de alguien es observando sus manos.

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Las volvió a mirar mientras se volvía a acomodar en la silla de su casa. El frío de la tarde no ayudaba a que su ánimo mejore, pero era todo lo que tenía, largas horas de espera hasta que llegará el muchacho amable, hijo de su vecina que le traía el pan alrededor de las seis de la tarde y que, por estos tiempos de pandemia, una de las pocas personas que veía con frecuencia.

Levantó la vista y vio el reloj colgado en la pared. 

La una y treinta de la tarde.

Su mirada pasó del reloj a sus manos otra vez. Aunque ella era una mujer mayor no se sentía vieja, tenía la edad que tenía (y de la que no se avergonzaba en decir si alguien le preguntaba qué tenía 85 años para que luego, asombrados le dijeran “pero sí parece que tuvieras 20 años menos”). Solo que ahora las horas pasaban más lento y se llevaban toda su energía.

Extrañaba varias cosas, como, por ejemplo, caminar. Si algo le reprochaba a su cuerpo es que ya no tuviese la energía que tenía antes para salir a caminar, aunque ahora por culpa de esta pandemia, tampoco podía salir. Desde que empezó el encierro el año pasado, sus sobrinos la llamaron para decirle que no saliera, que, por favor, se quedará en casa. Y ella hizo caso a casi todo lo que le pedían sus cariñosos sobrinos, pero lo que no dejo de hacer es que le pintaste el cabello. Ella era una señorita mayor pero no era una vieja canosa. Esas eran las otras señoras descuidadas y poco agraciadas. Su cabello ya no tenía el brillo de antes, pero no podía permitirse estar con canas en la cabeza y que no estuviera cortado a la altura que a ella le gustaba. Al inicio del encierro cuando las medidas eran muy estrictas que ahora, fue a buscar a la peluquera del barrio. La jovencita le decía que era peligroso que ella estuviese en la calle, pero fue lo suficientemente enérgica para decirle que no se movería de la vereda si ella no le abría la puerta de su casa y no le pintaba y le cortaba el cabello. Así que nadie podrá decir que por ella los años no pasaban.

Era ya suficiente martirio estar sola en su casa como para mirarse al espejo y verse desaliñada y ¡canosa! Podía seguir todas las indicaciones de sus familiares que la llamaban constantemente por teléfono y que de algo no podría jamás quejarse es que se sienta abandonada por ellos. Cada uno a su tiempo y manera le demostraban que la querían, aunque no veía a muchos de ellos hacía meses, pero entendía que no la visitaban por temor al contagio. Y era cierto, en la cuadra habían muerto muchos de sus vecinos, algunos de ellos bastante jóvenes, ni siquiera pasaban los cincuenta años y dejaron viudas o huérfanos. Vaya pena que le daba.

Aún así seguía sin entender por qué la vejez era tan larga. Ella recordaba sus días de juventud, su agilidad y, sobre todo, su energía. Era un torbellino. Y del bueno, es decir, siempre estaba haciendo algo. Si no estaba cocinando para los hijos de sus hermanos, estaba horneando algo o ya estaba haciendo los encargos que le dejaban sus hermanos. Ella siempre estaba dispuesta a ayudar, a hacer trámites, a comprar lo que le pedían y lo hacía en un santiamén. Era una mujer ágil, pero en algún momento la juventud se le fue. 

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Suspiro de nuevo al ver sus manos. Desde muy joven se cuidaba el cutis con mascarillas caseras y luego con cremas que sus sobrinos le regalaron por su cumpleaños y navidad. Siempre escuchaba a las señoras mayores que la edad se delataba en el cuello y en las manos. Por eso ella tenía una rutina estricta antes de dormir que incluía lavarse el rostro y agregar crema a la cara y al cuello y se masajeaba con toda la energía que aún tenía, pero sus manos. ¿Qué podía hacer con ellas? Sus dedos los veía más huesudos y hasta con cierta deformidad, no podía evitar sentir pena y frustración al ver sus dedos. Su mano era tersa y lozana hasta no hace mucho pero ahora, que tenía tanto tiempo de sobra, no paraba de mirarse las manos. Llenas de surcos y manchas ¿en qué momento le salieron esas manchas y esos puntos? ¿eran pecas? Y el color también había cambiado, hasta las veía veteadas. La semana pasada que se fue a teñir el pelo le pidió a la peluquera que le pintara las uñas para ver si mejoraba su aspecto, pero nada. Sus venas ahora estaban tan pronunciadas que le hacían recordar a los dibujos que veían sus sobrinos de pequeños de la bruja del cuento. Siempre era una mujer vieja con las manos y dedos huesudos. Ellos temían a la bruja, pero ella pensaba que se moriría de llegar a una edad con unas manos tan horrendas y ahora, no dejaba de suspirar y de dolerle ver sus manos.

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Retoma la vista hacía el reloj. Solo han pasado diez minutos y parecía que cada minuto tardaría más tiempo en pasar. ¿En la vejez eso ocurre? Cuando sus sobrinos la llaman siempre le dicen que no tienen tiempo para nada y que quisieran que el día durase 40 horas. Tal vez ella en su juventud pensó lo mismo, pero ahora quisiera que los minutos pasen más de prisa y que el día se acabe de una vez. 

Hace frío y hoy no es de esos días que le guste su soledad, menos sus manos. Hoy no se mirará al espejo, se hará toda la rutina con los ojos cerrados. Su energía se le acaba y la vida aun sigue y ella solo quiere tener las manos lisas y lozanas.

Cuento por Victoria Delgado, 2021


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