Columna de Carlos Arango Guerrero, creador de www.librolandiaperu.com

El 2025 fue un año de muchas emociones, retos y, sobre todo, de lecturas inolvidables. Un año que ya pasó, pero que sigo recordando con cariño, porque me permitió poner en orden varios aspectos de mi vida lectora y personal, incluida mi rutina de lectura y mi salud. Todo está más conectado de lo que parece.
A mediados de ese año atravesé un problema de salud que llegó sin previo aviso. Pesaba alrededor de 100 kilos y mi rutina lectora consistía en leer de madrugada, desde la medianoche hasta las dos o tres de la mañana. Al día siguiente despertaba cerca de las diez, y ese hábito terminó por volverse una constante poco saludable. Leía, sí, pero a costa de mi descanso: el insomnio y el sobrepeso comenzaron a pasar factura.
Durante mucho tiempo no quise mirar más allá. Me refugié en el trabajo y en los libros. Las historias que descubrí me atrapaban tanto que no podía soltarlas, como si leer fuera la única forma de seguir avanzando, aunque el cuerpo pidiera una pausa.
Hasta que llegó un primer “basta”. Decidí cambiar mi rutina de vida y, con ella, mi forma de leer. Empecé a ir al gimnasio muy temprano, regresaba a casa para cocinar y luego trabajaba. A las once de la noche ya no daba más. Leer como antes era imposible y adaptarme fue difícil. Siempre fui un lector nocturno —y en parte lo sigo siendo—, pero entendí que ya no podía exigirme de la misma manera.
Muchos leen de noche porque todo está en silencio, sin apuros ni interrupciones. Yo también pensaba así. Sin embargo, mi nueva rutina diaria ya no me lo permitía.
Entonces llegó un segundo “basta”. Decidí adecuarme. Empecé a leer en los pequeños espacios libres de la tarde, sin presiones. Media hora bastaba. Incluso quince minutos en el bus se convirtieron en aliados para continuar una historia. Volver a leer después de varios meses, aunque fuera de otra forma, me hizo sentir bien. Me recordó por qué amo tanto los libros.
Tal vez no hice este cambio antes por miedo a lo nuevo, por comodidad, por aferrarme a una estructura que ya no encajaba conmigo. Extrañaba leer, pero insistía en hacerlo de noche, aun cuando el desgaste físico del día ya no me lo permitía.
Cambiar de rutina, al final, es un aprendizaje. Así como uno tiene todo el derecho de dejar un libro que no conecta y empezar otro, también puede ajustar su forma de leer y de vivir. Si una rutina no funciona, se puede intentar otra. La experiencia previa siempre enseña.
Porque siempre hay tiempo para lo que de verdad importa. Cuando algo nos apasiona, no buscamos excusas. Ya sea el deporte, la música o, en mi caso, la lectura, basta con regalarle unos minutos al día para que siga siendo parte de nuestra vida.
A veces, leer también es aprender a escucharse, a respetar los tiempos del cuerpo y a aceptar que las historias nos acompañan de distintas formas según el momento de la vida. Los libros no se van cuando cerramos uno; nos esperan. Y mientras tanto, nosotros seguimos escribiendo, día a día, nuestra propia historia.
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